La fábrica de galletitas Tía Maruca, fundada hace 22 años, está en crisis. En su planta sanjuanina, los 400 trabajadores cobran los sueldos atrasados y aún no les pagaron el aguinaldo. El dueño es Alejandro Ripani, el mismo empresario pyme que hace dos años salvó a esos mismos 400 empleados cuando PepsiCo anunció que dejaría de operar esa planta. «No vamos a cerrar, defenderé todos los puestos de trabajo», le dijo a BAE Negocios.

En 2017, Ripani fue casi un héroe en San Juan cuando invirtió U$S5 millones para comprar la planta Dilexis de PepsiCo. La empresa estaba a punto de cerrar por tercera vez en sus 37 años de vida. Se quedó con los 400 trabajadores que estaban al borde del despido. Prometió duplicar la producción y lo logró, pasó de 700 toneladas a 1500.

El dueño de Tía Maruca quería armar una plataforma industrial que le permitiera abrir nuevos mercados de exportación e incrementar su participación local posicionándose como la tercera empresa del rubro, detrás de gigantes como Arcor y Mondelez. Existía un compromiso para seguir fabricando las galletitas Toddy con chips de chocolate, que estaban bajo el paraguas de PepsiCo, pero el grupo multinacional no cumplió con los volumenes comprometidos.

Alejandro Ripani, dueño de Tía Maruca, señaló: «Sólo me atrasé 5 días en pagar el aguinaldo y los sueldos los pago de a poco, pero ya normalicé las obras sociales».

Los principales problemas son: «aumento de insumos, suba de los servicios, haber confiado en un modelo económico con tasas ed 13% que hoy están a 80% y las rigurosas condiciones de ARBA y AFIP, es muy difícil todo», señaló Ripani.

Uno de los momentos más difíciles de Tía Maruca fue en 2001. «No nos fuimos al Nacional B, nos fuimos a la B Metro. Fue una trompada en el medio de los dientes. La Argentina estaba prendida fuego. No queríamos despedir a nadie, teníamos 50 empleados, así que nos achicamos. Teníamos una planta de 12.000 metros cuadrados y pasamos a una de 700, pero sumamos dos fábricas más».

En la crisis del 2001, se dio cuenta que con el título de ingeniero no le alcanzaba. Fue a estudiar a Japón, a Holanda y volvió al IAE. Le contaba a todos que estaba feliz. «El empresario argentino no está educado. Le dan una Ferrari y le dicen manejala. Sólo sacan la plata fuera del país y no buscan trascender. En el IAE aprendí a pensar que necesito hacer algo que me trascienda», contó Ripani en un reportaje a revista Veintitrés.

Llegó a contar con tres plantas. Desde 1999 tenía una en Chascomús que hacía fajitas. En 2009, abrió una fábrica en Jauregui (Luján) de 6.600 metros cuadrados. Ambas se sumaban a la de Ituzaingó, donde se producían alimentos sin trigo, avena, cebada y centeno aptos para celíacos.

En la actualidad, suma una cartera de marcas que incluye Tía Maruca, Avenitas, Golton, Dale, Argentitas y Pindy. Sus productos están en las categorías dulces, salados, sin sal, crackers, tostadas de arroz, sin tac y snacks. Llegó a exportar a Estados Unidos, Chile, Uruguay y Paraguay. Antes de comprar la planta sanjuanina, en 2017, facturaba $400 millones.

A contramano de todo, abrió 15 galletiterías donde vende sus marcas propias, todas están en el interior de la provincia de Buenos Aires. Y hasta hace no mucho tiempo, representaban el 8% de la facturación de la empresa.

Alejandro Ripani es el menor de la familia, comenzó trabajando con su padre Cliver en la fábrica de galletitas RC. En 1997, una de las tantas crisis que atravesó el país, casi los lleva a la quiebra, hasta tenían la casa hipotecada. En los 90, las galletitas dejaban de venderse sueltas y Alejandro intentó convencer a su padre de venderlas envasadas, pero su padre le respondió «No hay que hacer olas, porque nos vamos a ahogar». No es la primera vez que los Ripani atraviesan un mal momento, los 400 trabajadores esperan que vuelva a resurgir.

NG