Poligrillos políticos que se convierten en opinadores calificados, periodistas rastreros que consiguen esconder prontuario y aventurar la llegada de plagas, polifuncionarios de carrera que siempre caen parados… La Argentina tiene algo especial, algunos le llaman magia, que permite reconversiones fenomenales de un momento para el otro y que el esfuerzo por entender, querer entender o incluso descifrar la realidad ocasional termina en la nada misma.

Que el macrismo hizo estragos en el país casi que ya no está en seria discusión; la resistencia sólo se da desde algún sector de sus militantes, fanáticos de las derechas trogloditas o antiperonistas de pura cepa. Los datos, las necesidades y el dolor de una palpable mayoría están a la vista. Sin embargo, los más reconocidos voceros del odio a poco más de 30 días del gobierno de Alberto Fernández sacan pecho y torean.

Uno los casos de chaleco está dado en la ex ministra de Seguridad Patricia Bullrich, quien a falta de poder de fuego, palos y mentiras, desde la comodidad de una platea a la que enfocan las luces de medios periodísticos amigos cuestiona con mueca de Guasón. La líder del PRO se siente cómoda provocando desde el llano (sí, como el programa de TV).

Se entiende a Bullrich, como se entiende a un vendedor de humo del periodismo argento pronosticar desde el más allá que “en marzo” poco menos que se acabará el mundo para Argentina y los argentinos.

Se entienden a los adoradores del fiscal Alberto Nisman que prosigan en la cruzada por querer abonar la teoría del asesinato. Es una manera de arrimar cuotas de confusión y, tal vez, de erosionar un poquito al Ejecutivo Nacional.

Y cómo van a ser entendidos los patrones del campo que no admiten otra cosa que ganar cada día un poco más de dinero sin importar que mientras avanzan con sus potentes tractores van pisando compatriotas.

O los políticos que más que políticos parecen empleados del Grupo Clarín y/o de cerealeras dominantes.

La Argentina tiene ese no sé qué, que históricamente ubicó de un lado al peronismo y las expresiones nacionales y populares y del otro a sectores rancios, reaccionarios o desalmados. Un lado y el otro.

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Rodrigo Gauna