*Por Agustina Paredes.

Tirado en la estación, sin nada que comer. Tirado en la estación, con sed.
Rodeado de mugre que es lo único que abriga mi piel.
Pasos de pies indiferentes que saludan a mi cabeza.
Olor a decadencia.
Lo único que tengo es lo que llevo.
En algún momento, en algún lugar conseguí un viejo celular. No sirve para nada digno, sólo puedo llamar y mandar mensajes.
Tengo sueño, me acuesto de costado. Los cartones, la manta, un poco me sirven.
Hace frío.
Casi que me duermo. Siento unas manos tocando mis bolsillos, pienso que es un sueño, un mimo.
Pero no lo es. La decadencia del decadente hizo que me robaran el inútil celular, a mí, que no tengo nada. La decadencia del decadente hizo que se llevaran los cartones, en su mayoría meados por ratones. La decadencia del decadente hizo que se llevaran la manta. Va, que manta ni manta, eso era un trapo sucio.
La decadencia del decadente hizo que odiase a quien me robo, a mí, un indigente.
Robado. ¿Por quién?.
La decadencia del decadente hizo que un indigente le robase a otro indigente.
¿Y quién es el productor de la decadencia de todos estos decadentes?
Te aseguro que los indigentes no. Te aseguro que el mayor decadente no tiene frío, ni hambre, ni sed. No se viste con trapos, no está rodeado de cartones, no usa un celular inútil, se droga igual que yo, pero su droga es decente, no como la mía. El mayor decadente tiene traje y plata. El mayor decadente pisa mil cabezas todos los días. Pisó mi cabeza y la cabeza del indigente que me robó.
Pero no culpo al indigente por su acción.
Culpo a todos las máximos decadentes.
¿Decadentes de qué?
Decadentes de humanidad.
Me robaron.
A mí, un indigente.
Tengo menos que nada, pero todavía tengo humanidad, todavía sé que soy.
El otro, el decadente, no.

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