Volvió, después de 18 años de exilio, el 17 de noviembre de 1972. Cómo vivió, con quiénes se reunió y qué problemas encontró el líder del justicialismo cuando llegó al país y se alojó en el petit hotel de Vicente López, muy cerca de la residencia presidencial de Olivos

Por Eduardo Anguita
Por Daniel Cecchini

Agradecimiento: Infobae

Juan Domingo Perón se había ido a bordo de una cañonera a Paraguay el 20 de septiembre de 1955, derrocado por el golpe encabezado por el general Eduardo Lonardi, quien tras enunciar la efímera frase «Ni vencedores y vencidos» sería desplazado por Pedro Eugenio Aramburu.

De Paraguay, Perón pasó a Panamá, de allí a Nicaragua, luego a Venezuela, a República Dominicana y, finalmente, se instaló en España.

Volvió a la Argentina el 17 de noviembre de 1972 pese a que el dictador Alejandro Lanusse le había prohibido la entrada al país. Fue a vivir a un petit hotel en Gaspar Campos 1065, corazón de un barrio poco hospitalario para los peronistas. Sin embargo, muy cercano a la Residencia Presidencial de Olivos, que está a 1700 metros, y era número puesto que Perón podía volver a la Presidencia.

La casa había sido construida en 1936. El dueño era Alfonso Van Der Becke, cuyo hermano Carlos, fallecido, había llegado a general antes que Perón y era un furibundo antiperonista: había participado del intento de golpe de Estado de 1951, al igual que Lanusse, quien purgó tres años de cárcel en Rawson. A su vez, Carlos Van Der Becke había integrado el tribunal que despojó a Perón de su grado militar.

De esos días de Perón en Gaspar Campos quedó registrada la entrevista que mantuvo con los periodistas Jacobo Timerman, Sergio Villarroel y Roberto Maidana quienes debieron ingresar traspasando la ligustrina de una casa lindera.

En su regreso definitivo, de junio de 1973, se instaló en Gaspar Campos hasta el 12 de octubre cuando, al asumir como presidente, se trasladó a la Residencia de Olivos y nunca volvió a pisarla.

Salvo sucesivos caseros que cuidaron el petit hotel, nadie más habitó en esa casa. El curioso que quiera pasar, o los turistas que son llevados en combis, ven un frente bien pintado y ninguna referencia o monolito que dé cuenta de los sucesos ocurridos allí. Sin embargo, esa casa fue convertida en monumento histórico muchos años después.

En abril de 1992, cuando Carlos Menem vivía en la Quinta de Olivos, se realizó una operación para que, finalmente, esa casa quedara en manos del Partido Justicialista bonaerense.

Título de propiedad

La operación inmobiliaria fue así: la titular era la heredera natural, María Estela Martínez de Perón, tercera viuda del general. Ella, radicada en España, le dio un poder a su abogado para que el edificio quedara a nombre de Blanca y Herminia Duarte, hermanas de Eva, la segunda viuda de Perón. A su vez, ellas vendieron en el mismo acto al PJ Bonaerense, por entonces presidido por Alberto Pierri, hombre fuerte del peronismo matancero.

El apoderado del PJ era Jorge Landau, que habló con estos cronistas y agregó algunos datos coloridos consignados más abajo. Landau, peronista de toda la vida, asumió en 2017 en el Consejo de la Magistratura bonaerense. Uno de los requisitos para esa función es no tener pertenencia partidaria, por lo cual, debió suspender cualquier vínculo con el Justicialismo.

Estas son raras historias en un muy raro país.

Infobae dialogó con otros protagonistas de aquellos años, consultó bibliografía imprescindible, como el libro «Perón, mi vecino» del periodista Miguel Ángel De Renzis, y también revisó los archivos del Instituto Perón, en Austria 2593, un pequeño petit hotel ubicado al lado de la Biblioteca Nacional y que fuera el Palacio Unzué, la mansión que habitó Perón hasta su derrocamiento en septiembre 1955.

El 9 de junio de 1955 algunos de los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo se desplazaron para hacer lo propio en el Palacio Unzué. Pasados unos meses, instalado Aramburu en la Casa Rosada, el Palacio Unzué fue borrado de la faz de la Tierra.

En 1960, gracias al pacto entre Perón y Arturo Frondizi, que le permitió a este último llegar a la presidencia en 1958, se firmó el decreto para que se levantara la Biblioteca Nacional en lo que había sido la Residencia de Perón. La inauguración de la actual sede de la biblioteca se hizo en 1992, 32 años después de una decisión de Estado.

Estas páginas podrían titularse de modo pomposo «Cuando los edificios hablan de los Estados y de los odios», sin embargo es apenas una crónica de cómo vivió Perón sus primeros días en aquel caluroso noviembre de 1972.

El esperado regreso

Perón se había trasladado a Roma. El miércoles 15 de noviembre, desde esa ciudad, dirigió un nuevo mensaje al pueblo argentino: «Pocos podrán imaginar la profunda emoción que embarga mi alma, ante la satisfacción de volver a ver de cerca de tantos compañeros de los viejos tiempos, como a tantos compañeros nuevos, de una juventud maravillosa que tomando nuestras banderas, para bien de la patria están decididos a llevarlas al triunfo.»

Al día siguiente, casi todos los diarios argentinos publicaban la solicitada firmada por Perón, dirigida «A mi pueblo»: «Nunca hemos sido tan fuertes. En consecuencia ha llegado la hora de emplear la inteligencia y la tolerancia, porque el que se siente fuerte suele estar propicio a prescindir de la prudencia». Luego aclaraba: «Agotemos primero los módulos pacíficos que, para la violencia, siempre hay tiempo».

A las 20.21 de ese jueves, el avión DC-8 Giuseppe Verdi de Alitalia, partía desde Roma con una comitiva de figuras tan relevantes como contrapuestas entre sí: Carlos Mujica, Lorenzo Miguel, Hugo del Carril, José Sanfilippo, Chunchuna Villafañe, Marilina Ross, Juan Carlos Gené, Marta Lynch, José María Rosa, José María Castiñeira de Dios, Guido Di Tella, Jorge Taiana, Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, José López Rega, Rogelio Coria, José Rodríguez, Casildo Herrera y Vicente Solano Lima, entre otros.

El clima, además de lluvioso era de terremoto. Alrededor del aeropuerto de Ezeiza, había un cerco militar con unidades de todo el país: camiones y tanques recorrían los accesos a la Capital y muchas de sus avenidas. El ministro del Interior, Arturo Mor Roig, el día anterior metía miedo: el operativo movilizaría a 35.000 efectivos con armamento pesado, unos 20.000 bloqueando el acceso al aeropuerto y 10.000 patrullando la ciudad de Buenos Aires.

Hacia las ocho de la mañana, los manifestantes se habían juntado en varios puntos: los grupos más numerosos estaban en los alrededores de Ciudad Evita y en el cruce de la autopista Ricchieri con el río Matanza. Unas 10 mil personas estaban plantadas frente a los tanques, muchos con banderas argentinas.

-A la pelotita, a la pelotita, a la pelotita/ que Perón está cerquita –se coreaba en todos lados.

Los soldados también esperaban, envueltos en sus capotes, y los tanques estaban extrañamente inmóviles.

Perón preso en Ezeiza

A las 11.08 del viernes 17 de noviembre el avión aterrizó. A las 11.20, Perón apareció en la escalerilla del avión junto a María Estela Martínez. El secretario general del Movimiento, Juan Manuel Abal Medina, y el de la CGT, José Ignacio Rucci, salieron al encuentro. Este último con un paraguas que quedó fijado en todas las fotos. Un poco más atrás, se mojaban unos 1500 periodistas de todo el mundo.

Casi enseguida, Perón fue custodiado hasta el Hotel Internacional del aeropuerto. Durante horas quedaría encerrado en el edificio. La situación era confusa: no estaba oficialmente detenido pero no le permitían abandonar el aeropuerto.

A las diez de la noche Perón pidió que le alistaran su coche para irse a su casa en la calle Gaspar Campos. Bajaron las valijas, llegó el Fairlane, se movilizó la custodia y, unos minutos después, aparecieron tres camiones de la Fuerza Aérea. Se bajaron dos docenas de soldados e instalaron ametralladoras pesadas apuntando a la salida. Las valijas volvieron a la suite del General.

A la una de la mañana del sábado 18, el secretario de Prensa del gobierno, Edgardo Sajón, daba una conferencia de prensa en el Hotel Internacional para decir que Perón no estaba detenido. Poco después, Héctor Cámpora dijo a los mismos periodistas que Perón estaba «arrestado en la habitación». A eso de las dos de la mañana, Perón consiguió la promesa de que podría abandonar el aeropuerto cuando saliera el sol.

Gaspar Campos 1065

El sábado 18 a la mañana, Perón le ganaba la pulseada a Lanusse y ya estaba en Gaspar Campos 1065. Más de 20 mil personas esperaban que saliera a saludar. Gente por todos lados: encima de las medianeras, trepados a los árboles, en los postes de luz.

A eso de las dos y media de la tarde, Perón salió al balcón de su casa. A su lado, José López Rega sonreía.

Los gritos redoblaron: Perón hizo su clásico saludo con los brazos en alto y después se enjugó unas lágrimas. Tenía un traje oscuro, con camisa blanca y corbata de colores. Trataba de sonreír pero le salían pucheros. Después se puso las dos manos junto a la mejilla para decir que quería dormirse un rato, y volvió a entrar.

A eso de las cinco de la tarde, volvió a salir al balcón, agarró un megáfono y gritó el clásico «¡Compañeros!»:

-Les agradezco mucho esta muestra de cariño que retribuyo con el mismo cariño. Tengan cuidado. Se pueden lastimar. Cuidado con los cables de alta tensión –dijo.

Isabel Martínez le dio un gorro «pochito» y el General se lo puso, se lo sacó, lo agitó un momento y lo tiró a la multitud. Hubo avalanchas para agarrarlo. Nadie se iba y seguían los bombos y los gritos, los bailes, los encuentros.

-Muchachos, les pido que por favor hagan un poco de silencio, necesito dormir porque hace como tres días que no me saco los botines.

El silencio fue absoluto. A eso de las siete de la mañana del domingo 19, miles de personas decidieron despertarlo:

-Buenos días General/ su custodia personal.

Perón salió al balcón a saludar.

-La Casa Rosada/ cambió de dirección/ está en Vicente López/ por orden de Perón.

La casa, por dentro

Infobae conversó con Gustavo Grasso, que por entonces tenía 20 años, vivía a apenas seis cuadras de Gaspar Campos y era militante de un grupo peronista de San Isidro que contaba con la presencia de Juan Harlein, un peronista no tan nuevito como ellos.

Gustavo y sus compañeros habían ido el jueves 16 a Ezeiza y volvieron llorando pero no de tristeza sino de la cantidad de gases lacrimógenos que les habían tirado. Como pocos, habían logrado llegar hasta los alambrados del aeropuerto. La cuestión es que el sábado 18, se abrieron paso entre la multitud y al llegar a la verja, Harlein lo vio a Juan Esquer, jefe de la custodia y chofer de Perón.

-Juan, ¿cómo estás? –le gritó Harlein a Esquer, a quien conocía de otros viajes hechos sin Perón- ¿Querés que te traigamos parlantes?
Esquer se acercó, le pidió un teléfono y le dijo que lo llamaría en algún momento.

-Nos fuimos los seis o siete que estábamos a la casa del teléfono que le había dejado Harlein –cuenta Grasso 46 años después-. Y Esquer llamó y le dijo que sí, que lleváramos equipos de sonido. «Vengan a las ocho», dijo el custodio.

Ese sábado a la noche salieron a buscar columnas de sonido, altoparlantes, amplificadores, algunos de los cuales eran de los disc jockeys amigos y al día siguiente estaban plantados en Gaspar Campos. Esquer los hizo subir al segundo piso, a una habitación tan amplia como vacía, que tenía el balconcito que daba a la calle. Difícil imaginar a Perón sin balcón.

Mientras Gustavo y sus amigos improvisaban entusiasmados el sonido para Perón, el Alemán Herlein daba la espalda a la puerta abierta y dijo: «Miren si entra el General y ve este lío… ¡me muero!».

El resto del grupo se quedó paralizado porque mientras decía eso, peinado a la gomina, con una camisa blanca fuera del pantalón y una voz apacible, el mismísimo Perón le contestaba:

-¡No se va a morir justo ahora! Si los peronistas se mueren cuando vuelvo… ¿con qué votos vamos a ganar?

De inmediato, les dio la mano a cada uno, hizo algunas preguntas amables y los dejó armando el zafarrancho para que ese domingo pudiera hablar sin el megáfono de voz metálica del día anterior. Tras hacer las pruebas de sonido y confirmar que todo estaba bien, Juan Esquer los invitó a bajar.

-Era evidente que nadie se había molestado en dejar la casa en condiciones. Había una montaña de escombros en el salón, las lamparitas de luz colgaban de los cables, en la cocina estaba Isabelita preparando un té pero no se veían ni artículos de limpieza. Todo nos resultaba emocionante pero asombroso. Nos asomamos al jardín y nos llamó la atención ver a Perón al lado de la ligustrina lindera con la casa de al lado. Perón hablaba con un vecino. En un momento, el hombre le pasa a Perón un teléfono de baquelita negra y él llamó a alguien. De inmediato, alguien le alcanzó al jardín una mesita y una silla para que, al menos, hablara sentado…

-¿Quiénes estaban? –preguntó Infobae.

-Nosotros no alcanzamos a ver ese domingo a la larga lista de políticos que irían. Eso sí, en un momento apareció López Rega, tenía una camisa tipo guayabera y zapatos marrones. Se puso a hablar con Herlein. Estaba muy cerca de nosotros. Me quedaron grabadas dos cosas. «No tenemos un peso», dijo en un momento. Pero luego dijo, y creo que fue textual «Si yo fuera ustedes salgo a matar ya mismo milicos… de la Marina». Nosotros no le teníamos ninguna simpatía a López Rega… Otro que estuvo adentro ese domingo era Rucci. Parecía que el resto de los sindicalistas quedaban afuera y que el vínculo con Rucci era especial.

Al caer la noche, y ya que no había comida, Esquer le dijo a Herlein si podían ir a comprar pizza y empanadas, cosa que hicieron sin presumir en la pizzería que eran para el recién llegado después de 17 años de exilio.

Grasso y sus amigos fueron unos días más. Pero tuvieron la precaución de hacerle saber al dirigente de Luz y Fuerza Juan José Taccone que en Gaspar Campos faltaba de todo. De inmediato, Taccone envió un camión con comestibles, artículos de todo tipo, muebles y un equipo de gente para limpiar, cocinar y arreglar el jardín.

Los políticos

El desfile en Gaspar Campos de dirigentes de toda laya fue incesante y, el lunes 20, Perón reunió a todos los partidos -salvo los que reivindicaban alguna continuidad con el gobierno militar, por un lado, y el partido Comunista y el Socialista Argentino, por otro- en un restorán vecino, Nino, donde según dicen solía ir a comer con Evita.

Perón intentaba aliarse con la mayor cantidad posible de partidos para aislar a los militares y prevenir maniobras que entorpecieran las elecciones. Y, eventualmente, formar un frente electoral con algunos de ellos.

¿Qué pasó con la casa?

Tal como se consigna al principio de esta crónica, en 1992 esa casa quedó en manos del PJ bonaerense. Hubo intentos de usarla para distintas actividades pero nunca se concretaron. Entre las pocas cosas que Jorge Landau destaca como importantes fue que, en diciembre de 2008, cuando Néstor Kirchner ya no era presidente, impulsó que Alberto Balestrini, vicegobernador bonaerense de Daniel Scioli y gran aliado de Néstor, asumiera la presidencia del Justicialismo provincial. A tal efecto, la ceremonia se hizo en Gaspar Campos.

Landau recuerda que no había aire acondicionado y que el calor era agobiante. Pero lo importante era la simbología: la casa quedaba como una marca fuerte del peronismo juvenil y combativo de los setentas. Una vez más, parece que el signo trágico se cruzan con esas historias: Balestrini sufrió un ACV en abril de 2010 y quedó postrado y sin recuperar la conciencia hasta morir diez años después. En cuanto a Kirchner, seis meses después del ACV de Balestrini moría de un infarto.

Hay una página de Facebook (Casa-Gaspar-Campos-De-Perón) donde pueden apreciarse infinidad de fotos tomadas a lo largo de estos años de actividades y visitas a esa casa, declarada patrimonio histórico. En la puerta hay un busto de Perón y en la ventana de arriba, una lámina con el rostro de ese hombre que el 18 de noviembre de 1972 fue allí tras 17 años de exilio.

NG