Por Eduardo Anguita y Daniel Cecchini

El 6 de septiembre de 1979, la llegada de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para visitar centros clandestinos de detención y cárceles coincidió con un hecho futbolístico del cual Videla sacaba rédito: la Selección sub-20, de la mano de Maradona y Menotti, se alzaba en Japón con el Mundial Juvenil de fútbol. Un repaso por los días en los que la consigna “Los argentinos somos derechos y humanos” se cruzaba con el país tenebroso de los prisioneros tirados al mar .

Hacía un año que el almirante Emilio Massera había dejado la Junta Militar: el 15 de septiembre de 1978 dejaba de ser integrante del máximo organismo de la dictadura para lanzarse a la política, a través del Partido Para la Democracia Social. Allí confluían los marinos que participaban del horror de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) con el trabajo esclavo de algunos de los detenidos en ese centro clandestino de detención así como algunos civiles que estaban en libertad de acción.

El jueves 6 de septiembre llegaba a Buenos Aires un grupo de funcionarios internacionales que contaba con el permiso del dictador Jorge Videla para visitar, incluso, la ESMA y otras unidades militares que funcionaban como cuarteles del horror.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) existía desde varios años antes, pero era una oficina de poco pesoEl triunfo del demócrata Jimmy Carter a fines de 1976 había puesto un alerta en las dictaduras del Cono Sur de América latina. Los halcones dejaban la Casa Blanca y los gobiernos militares recibían otro trato. A la Argentina, de inmediato, le bajaron a la mitad el presupuesto para venderle armamento y Carter amenazaba con duras sanciones por las denuncias que llegaban a sus oficinas.

Carter habilitó a Patricia Derian, una norteamericana que había sido una militante contra el racismo en sur de Estados Unidos, como la persona clave en la relación con la Argentina. Esa mujer alta, tan enérgica como delgada, viajó dos veces a Buenos Aires en 1977. En la segunda, incluso, fue recibida por Massera en la oficina que el jefe naval tenía en la ESMA mientras allí se torturaba y se exterminaban prisioneros.

Después de eso, el propio vicepresidente de Estados Unidos, Cyrus Vance, le pidió a Videla que diera explicaciones sobre la situación de los desaparecidos. El presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), el socialista y dirigente de los maestros Alfredo Bravo, había sido secuestrado y brutalmente torturado. «Me salvaron la vida», diría Bravo después sobre estas gestiones llevadas a cabo en Washington.

Algo similar dijo Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, por quien la Casa Blanca hizo fuertes presiones para lograr que lo liberaran.

El fútbol entra en escena

Los juristas de la CIDH estaban encabezados por su presidente, el venezolano Andrés Aguilar, que había sido titular de la Suprema Corte de su país. Al día siguiente de su llegada, el viernes 7 de septiembre, la delegación se instaló en las oficinas de la OEA en Avenida de Mayo al 700, a pocas cuadras de la Casa Rosada.

Ese mismo día Diego Maradona y Ramón Díaz eran las estrellas del triunfo ante el equipo de la Unión Soviética por 3 a 1. El partido se jugó a la noche en Tokio pero, por la diferencia horaria, el festejo en Argentina se hizo por la mañana. El relator José María Muñoz desde su programa La oral deportiva de Radio Rivadavia lanzó un desafío abierto a la CIDH:

-Vayamos todos a Avenida de Mayo y demostrémosle a estos señores que la Argentina no tiene nada que ocultar –dijo Muñoz, famoso en el Mundial ’78 por ponerse en contra de Clemente, el personaje de Caloi, que alentaba desde una viñeta de humor a «tirar papelitos porque la tribuna también juega». La metáfora era muy clara, la tribuna era el pueblo silenciado por «relator de América», de gran cercanía con Massera y Videla.

La algarabía por el nuevo triunfo futbolístico estaba acompañada de una campaña oficial: «Los argentinos somos derechos y humanos», un slogan bizarro que la dictadura repetía tras contratar a Burson Marsteller, una agencia de relaciones públicas y publicidad con sede en Nueva York y que hacía campañas en la mayoría de los países latinoamericanos con dictaduras militares.

La frase se repetía en radio y televisión, en vía pública y no pocos automovilistas llevaban el sticker en sus autos.

La Argentina subterránea

Al lado de la estación Lima del subte A, emergían centenares de personas que fueron aquel viernes a entregar denuncias por sus familiares desaparecidos o detenidos en prisiones legales. Esas colas, interminables para la mirada de los que luchaban para que terminara la barbarie, fueron un hito fundamental para cambiar la historia.

Cuatro años después, Raúl Alfonsín –uno de los directivos de la APDH- era electo presidente. El resto de las dictaduras de esta región sobrevivieron bastante más. Desde ya, en la Argentina la crisis económica y la derrota en Malvinas aceleraron el proceso. Sin embargo, la lucha por los derechos humanos fue clave.

Así como una vez Patricia Derian entró a la ESMA para hablar con Massera sin poder ver qué pasaba en las instalaciones donde se exterminaban personas, esta vez los enviados por la CIDH irían a visitar esa dependencia. Para eso, Massera contaba con un aliado fundamental: el vicealmirante Rubén Chamorro -alias Máximo y Delfín-que vivía en la ESMA y hasta había festejado allí el cumpleaños de 15 de su hija Berenice mientras la máquina de exterminio seguía.

Unos días antes de la llegada de la misión, la mayoría de los relativamente pocos sobrevivientes que quedaban en las instalaciones fueron trasladados a una isla en el delta del Tigre. Se llamaba El Silencio. Aunque el nombre parezca una metáfora de la crueldad, el nombre se debe a que se trataba de un lugar de retiro espiritual. La crueldad fue que era propiedad del Arzobispado de Buenos Aires, quien se la vendió a la Armada precisamente en aquel 1979. Otros detenidos fueron llevados a una quinta en la zona norte de Buenos Aires y a un grupo de hombres y mujeres sometidos les dieron vestimenta de marinos y los dejaron disfrazados con la ropa de sus captores en el mismo momento que los miembros de la CIDH visitaron la ESMA.

Las conductas de Massera y su «staff» eran perversas. No menos fueron las del general Luciano Benjamín Menéndez –alias El Cachorro– quien, sabiendo que la delegación visitaría «La Perla» en Córdoba y algún centro clandestino de Tucumán, ordenó «una limpieza». No quería sobrevivientes que algún día pudieran contar el horror.

La visita de la CIDH se extendió dos semanas. El solo hecho de recibir denuncias y entrar a prisiones y centros clandestinos dio una inyección de vida a quienes vivían todavía en laberintos de terror aunque ya estuvieran arrojados al mar o enterrados en cementerios clandestinos la mayoría de quienes los juristas recibían como «casos», como denuncias. Los mismos familiares creían –o querían creer- volver a encontrar con vida a quienes eran «desaparecidos».

La fiesta en la superficie

Aquel 7 de septiembre, mientras la CIDH recibía las primeras denuncias, el Gordo Muñoz arengaba desde Radio Rivadavia. Del país futbolero no faltaron los miles que se acercaban a la sede de la emisora, en Arenales y Pueyrredón. La algarabía hizo que, al salir a la puerta lo levantaran en andas como si se tratara del genial Diego o el contundente Ramón Díaz, que todavía estaban en Japón. Al rato, desde el vestuario, los dos jugadores salían al aire.

Muñoz los cruzó al aire con el propio Videla, quien estaba en los estudios de ATC. Los espectadores veían a un dictador vestido de civil y escuchaban su mensaje a Diego Maradona:

-Quiero hacerle llegar a usted en mi nombre, en nombre del pueblo argentino, porque está ya ese pueblo con afecto volcado en las calles gritando ‘¡Argentina! ¡Argentina!’. Hacerle llegar, digo, mi más cordial saludo a usted por la destacadísima actuación que le cupo no solamente es este partido sino en toda esta campaña futbolística. Pero también quiero hacerle llegar mi complacencia a usted, en calidad de capitán, por haberse nucleado en ese equipo de jóvenes que está compuesto por tantas individualidades, un sentido, un sentimiento de equipo que nos muestra todo lo que pueden hacer todos los argentinos cuando se dedican a trabajar juntos (…) Y tengan también por seguro que constituyen a través de este evento un claro ejemplo para todos los jóvenes argentinos, que más allá del triunfo del partido, ven a ustedes el triunfo de una juventud optimista que quieren mirar hacia el futuro con amor, con esperanza, con fe. Espero poder verlos a su regreso, que tengan una feliz estadía en ese maravilloso país del Japón y, en corto tiempo, podremos abrazarnos aquí en Buenos Aires.

El propio Videla se ocupó de que la selección triunfante adelantara su viaje: tras el triunfo y la entrega de trofeos, jugadores y cuerpo técnico viajaron a Río de Janeiro desde Tokio. Allí los esperaba un avión oficial que los llevó a Ezeiza, de allí –sin recoger el equipaje-, en dos helicópteros del Ejército a la cancha de Atlanta, luego en caravana de micros a la Casa Rosada: todo debía coincidir con el horario de salida del trabajo. Los festejos y la alegría de la superficie contrastaban con el país oculto.

Paradojas de la Guerra Fría

En 1976, cuando los militares dieron el golpe de Estado, gobernaba en Estados Unidos, Gerald Ford, republicano, y el secretario de Estado era Henry Kissinger, pieza clave del bombardeo al Palacio de la Moneda en Santiago de Chile y el golpe de Augusto Pinochet en septiembre de 1973. Pero los republicanos estaban golpeados por su derrota en Vietnam y la ola de protestas al interior del país. El triunfo de James Carter en la interna Demócrata significó un giro inmenso en la política hacia el Cono Sur latinoamericano.

Carter asumió en enero de 1977 y al mes siguiente redujo presupuesto para compra de armas a la Argentina precisamente por los informes que llegaban de la propia embajada norteamericana en Buenos Aires sobre la barbarie desatada.

En ese contexto, Patricia Derian, curtida en Mississippi en la lucha contra la segregación racial durante los sesentas, fue la encargada de Derechos Humanos en el gobierno de Carter. Washington se había alineado en contra de la dictadura aunque la Junta Militar no pudiera creer que -quienes los habían instruido en la doctrina de la seguridad nacional, y habían preparado a cientos de oficiales en la temible Escuela de las Américas- se les volvieran en contra. Encima, enviaban a Patricia Derian a meter la nariz y reunirse con los dirigentes de los organismos de

Derechos Humanos

Si algo faltaba fue el nombramiento del inmenso texano –por calidad humana y por volumen físico- Francis «Tex» Harris al frente de la embajada de Estados Unidos. Harris tenía una documentación precisa de lo que sucedía gracias a que recibía a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y tenía trato fluido con Robert Cox, el director del Buenos Aires Herald. Aunque el Herald salía en inglés, sus artículos eran traducidos y reproducidos en círculos políticos, diplomáticos y empresariales. Era un moscardón para los dictadores: se trataba del diario que no se doblegó ante los responsables de la barbarie.

Del otro lado, en un mundo polarizado por la Guerra Fría, la Unión Soviética, considerada la inspiradora del gobierno de Fidel Castro -donde se instruían algunos de los guerrilleros argentinos- era el buen socio comercial: entre 1977 y 1979 la venta de trigo y maíz se habían multiplicado entre tres y cuatro veces. En aquel 1979, donde el seleccionado soviético perdía la final con el equipo de Maradona, las exportaciones a esa potencia representaban el 11 por ciento del total de exportaciones. Moscú hacía silencio pragmático sobre lo que sucedía en los centros clandestinos y Pravda, el diario partidario, calificaba de «gobierno independiente» a la dictadura y le tiraba flores con que eran defensores «de la paz y la cooperación», tal como describe el gran Isidoro Gilbert -ya fallecido y formado en el Partido Comunista- autor de El oro de Moscú y otros trabajos.

El regreso

La comisión estuvo del 7 al 10 de septiembre en Buenos Aires, del 10 al 14 en Córdoba, 14 y 15 en Tucumán, luego los juristas pasaron por Rosario y finalmente volvieron a la Capital para emprender el regreso a Washington, el jueves 20 de septiembre. Habían visitado los centros clandestinos de detención de La Rivera y La Perla, en Córdoba, y El Atlético, el Olimpo y la ESMA, además de varias cárceles legales.

Tenían miles de denuncias, las suficientes para confeccionar un informe con la situación represiva en la Argentina. Habían estado con Emilio Fermín Mignone, con el ex diputado Augusto Conte, con Raúl Alfonsín, Enrique y Graciela Fernández Meijide, Alfredo Bravo, Simón Lázara y otros militantes de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), así como de otros organismos.

El informe final de la CIDH –que continúa en la página web de ese organismo dependiente de la OEA- se conoció un año después en forma de libro. La dictadura prohibió su difusión y su venta aunque ya comenzaba el tiempo de descuento. Carter no consiguió la reelección en las elecciones de 1980. En su lugar asumía el republicano Ronald Reagan y los militares argentinos pensaron que terminaban los problemas con Washington. Sin embargo, en 1982, durante el conflicto del Atlántico Sur, supieron que la Casa Blanca tiene intereses y no amigos.

FUENTE: INFOBAE

Agenhoy